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miércoles, 19 de abril de 2017

Y HOY QUÉ ME PONGO, ¿PELUCA O PAÑUELO?


Diría que perder el pelo es el efecto secundario que más presente tenemos cuando hablamos de cáncer. Sin embargo, ahora pienso que, aunque impactante, bien pudiera ser el menos grave.

Dudé mucho al principio si quería comprarme una peluca o no. No destaco por ser una persona de fuerte personalidad. Más bien me considero discreta y vergonzosa. Nunca me ha gustado llamar la atención. Quizás fue eso, en un intento de pasar desapercibida, lo que me motivó a creer que tener una peluca sería lo mejor.
Aunque lo tenía decidido no encontraba el momento de ir a mirarlas. Hasta que mi familia me llevó inesperadamente unos días antes de empezar con la quimioterapia. Yo me sentí medio engañada. Ellos me juran y perjuran que me lo sugirieron la noche anterior, ¡pero prometo no recordar nada! Cosas del inconsciente... De repente me vi en una tienda de pelucas con pelos largos y cortos, rubios, pelirrojos, sintéticos y naturales, con forro hipoalergénico o a medias, … y con todo eso sobre mi cabeza, petrificada.


Encargué una peluca lo más similar posible a mi imagen de siempre. Y sintética. Requieren menos cuidado y son bastante más económicas. Además, aunque queda feo decirlo por la gran acción que hacen los donantes, a mí, tener que llevar pelo ajeno, me daba un poco de reparo.

De las cosas que más me preocupaban al principio es que el pelo cayera muy rápido. Me habían dicho que aproximadamente (cada persona es un mundo) ocurre a los 15 días tras el primer ciclo.  Empecé a obsesionarme un poco y lo tocaba continuamente para comprobar que seguía en su sitio. Nada más despertar miraba si ya había caído sobre la almohada. Incluso me miraba más de la cuenta en cada espejo que se me ponía a tiro.

El pelo caería, no podía remediarlo. Pero lo que sí que podía era decidir cuándo sería. Quedé con los de la tienda de pelucas que iría a raparme a los 11 días de empezar el tratamiento. Pero mi falsa asunción de control sobre mi pelo se vino al traste con el inesperado ingreso que tuve en mi día 10. La fiebre no había podido ser más temprana e inoportuna.

Al principio en el hospital vivía incluso con más angustia mi anunciada calvicie. Pero la fiebre, el malestar, el riesgo que el descenso de defensas puede acarrear y todo lo que se trastocó a mi alrededor (idas y venidas de mi familia al hospital, llamadas y mensajes de preocupación, …), hicieron que cayera en la cuenta de que quedarme sin pelo no era lo verdaderamente importante; a diferencia de las complicaciones que estaba experimentando, la calvicie no conllevaba ningún peligro.

Tras el alta me rapé, desde la tranquilidad. Me sentí aliviada y liberada al verme en el espejo. Además, ¡me veía hasta graciosa! No me disgustaba. Era un paso más que ya había dado.  
Lo de los pasos es algo que tengo muy presente desde que todo empezó. Detrás de una cosa viene la otra y de nada sirve adelantarse a las etapas o decisiones que más tarde llegarán. El tema de la caída del pelo quedaba zanjado.

Los primeros días con Manola (lo de ponerle nombre a la peluca fue consejo de una buena amiga) fueron algo incómodos. Me sentía ridícula, disfrazada y artificial (me sigue pasando algunos días). Pero no me veía con fuerzas para soportar miradas incómodas llevando pañuelo.
Poco a poco he ido ganando seguridad. Además, para ciertas cosas, como ir al hospital o hacer deporte, el pañuelo es mi gran aliado.


Me gusta contar lo que me pasa o cómo me encuentro, pero cuándo y con quién yo decido, no si inoportunamente me encuentran comprando el pan o de paseo. Por eso sigo utilizando a veces la peluca, porque no todos los días me apetece contar la crónica.  
Así, cada mañana, cuando me levanto me pregunto qué me apetece y con ello, qué ponerme, si peluca o pañuelo.

jueves, 30 de marzo de 2017

CUESTIÓN DE NÚMEROS


De las primeras cosas que hice al saber que tenía cáncer de mama fue buscar información. Saqué mis apuntes de la carrera, del examen MIR, busqué en mis libros… No me servía nada. Estaba todo desactualizado. Por eso me lancé a navegar por internet.

La información más científica se mezclaba con el deseo de buscar personas que estuvieran pasando por lo mismo que yo. Muchas mujeres contaban su historia. Todas hablaban del cáncer de mama, pero… ¿qué tipo de cáncer de mama tenían?, ¿era localizado?, ¿tenían también afectación axilar?, ¿metástasis? Pocas lo mencionaban.

Los pronósticos son diferentes… Fue entonces cuando en mi cabeza sólo rondaban números y porcentajes. Más de 22.000 casos nuevos cada año, un 82,8% de supervivencia global a los 5 años, …

La probabilidad de tener cáncer de mama con menos de 35 años es bajísima. Si había tenido la suerte de nadar sobre números tan bajos, qué garantía hay de formar parte del 82% de mujeres que siguen vivas a los 5 años? ¿Y qué pasa a los 10 años? …

La incertidumbre es la peor compañera de viaje.

Me solicitaron una prueba (un pet tac) para saber si mi cáncer estaba localizado o ya había metástasis. El día de mi cita la máquina se estropeó y tuve que esperar una semana más a que volviera a funcionar.

¿Cuánto dura una semana? ¿Cuánto dura un día de incertidumbre? ¿Cuánto dura cada sonoro ruido que hace la máquina mientras busca por tu cuerpo?

Cuando uno se prepara para la guerra coge toda su artillería independientemente de a quién (o a qué) le haga frente. Pero se juega con ventaja cuando sabes a lo que te enfrentas de verdad.

Afortunadamente mi cáncer “solo” ha llegado a la axila. Se trata de un carcinoma ductal infiltrante con receptores estrogénicos positivos, Her2 negativo. Y paro aquí porque hay otras muchas cosas que tienen en cuenta los oncólogos. Existe una importante heterogeneidad en el cáncer de mama, diferentes perfiles biológicos… Es por esto que los tratamientos son cada vez más individualizados y de poco sirve compararse con otros.

Yo no quiero ser un número. Mi vida no es una ecuación de estadística. Cuando tuve esto claro dejé de leer datos de supervivencia o mortalidad. Me interesa saber cómo se sienten otras mujeres, qué cambios experimentan, qué hacen para mejorarlo, …, pero no me interesan los números.

Soy consciente de que no puedo cambiar el cáncer que tengo. Pero sí cómo afrontarlo. En esto es en lo que merece la pena dedicar tiempo.

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